No
sé por dónde comenzar a relatar esta odisea, este calvario que nos ha tocado
sufrir por casi dos años, ese que nos ha hecho llorar desconsoladamente, pero
que a su vez, ha despertado el amor y desenfreno por la camiseta Americana, ese
viacrucis que nos llegó como una mosca que se estrella con el parabrisas de un
carro, ese que nunca vimos venir, y que cuando llegó, comenzó a ser el
obstáculo más grande al que ha podido enfrentarse la institución, el equipo,
los jugadores, pero sobre todo, la inmensa hinchada roja. Si aún no saben de
qué estoy hablando, les diré que estas palabras van dedicadas a la mayor
decepción que he tenido en mi corta vida, ver al América de Cali jugar en la
primera B.
Todo
comenzó en aquella noche oscura y trágica del 17 de diciembre de 2011, cuando
apenas entendíamos lo que debíamos jugar, la dichosa “promoción”, la que iba a
determinar si continuábamos en la categoría a la cual siempre hemos pertenecido
(la A), o tener que mandar 84 años de historia a una división que no correspondía
a nuestra gloria.
Se
nos ponía al frente un equipo llamado Patriotas, muy poco conocido en el fútbol
criollo, oriundo de la ciudad de Tunja y que llegó casi en silencio para ganar
el cupo a primera. Todo estaba a favor de “la mecha”, el hecho de terminar la
serie de local, la presión de un Pascual Guerrero que estaba a reventar, el
empate a 1 en la ida, la estadística de que ningún equipo de la A había perdido
la promoción, las apuestas nos daban como los vencedores, pero no fue así, los
pronósticos fallaron, el fútbol nos dio una cachetada de knock out que nos hizo
caer en la que aún hoy es una pesadilla.
El gigante cayó, desde ese instante se
empezaron a pagar todos los malos manejos, errores administrativos en los
últimos 15 años y hasta la enorme equivocación de inyectarle “dineros
calientes” del narcotráfico al club, que nos hizo caer en la no menos
vergonzosa, y cada día más dura “Lista Clinton”, esa que no solo nos bloqueó
las finanzas, sino los sueños y las metas propias de un equipo grande, y por
ende, sólido. La cancha del olímpico del barrio San Fernando de Cali fue
testigo del peor mazazo que los Americanos habíamos podido recibir, en la
instancia que más mala suerte nos ha traído en la historia, la definición desde
los tiros penales, y ese equipo humilde de Boyacá hizo lo suyo, lo que estaba
llamado a hacer, ASCENDER.
Así
tuvimos que afrontar un 2012 extraño, en una categoría nueva, con promesas al
aire, con nuevas “ilusiones”, pero con el dolor de un descenso todavía
encarnado en el alma del hincha. Eduardo Lara se puso al mando del equipo,
haciéndole saber al mundo que, si se había metido en esta “vaca loca”, era
porque quería cumplirle la promesa a su hija Valentina, que con solo 10 años
sufría, como todos, el amargo sabor de ver al rojo en la B, y si, se armó literalmente, con lo que pudo. Trajo
algunos jugadores de su “camada”, que conocía de los procesos cuando Lara fue
técnico de las selecciones juveniles de
Colombia, formó un equipo que en el
primer semestre respondió como debía, practicando buen fútbol y ganando
partidos decisivos, tanto así que se había logrado en ese semestre la mejor
campaña en toda la historia de los torneos cortos de segunda, 43 puntos nos
hacían mirar a todos desde arriba.
Los
cuadrangulares llegaron, fueron 6 partidos tan bravos como los 6 últimos
asaltos de una pelea de boxeo por un título mundial, se ganaron 4 de esos
rounds, y se pudo llegar a la final contra el Unión. Esa final no fue un
combate, fue un auténtico suplicio, 2 empates tanto en Santa Marta como en Cali
nos volvieron a poner al frente del patíbulo, otra vez, aparecían los temidos
penales, pero esta vez, logramos vencerlos, ganar el primer torneo del año, y
mínimo, garantizar un lugar en la promoción, o mejor dicho, “echarse al
bolsillo” una posibilidad para conseguir el anhelado ascenso.
Llegó
entonces la segunda parte del año, y muchos, incluido yo, ya hacíamos la cuenta
regresiva para poder volver a la A, pero los HORRORES de un cuerpo técnico que,
encabezado con Lara, demostró que le quedó grande el peso de dirigir al América
empezaron a hacerse notar.
El
primero fue enorme, sacar del equipo a patadas a dos referentes como lo eran
Julián Viáfara y el capitán Jaime Córdoba, y dejar en el banco a jugadores como
Bustos, Romero, Rivera y Lalinde, que habían tenido un excelente nivel al
comienzo del año para traer a 10 auténticos paquetes (Arenas, Ospina, Escobar,
Mosquera…en fin, todos los sub20 que habían “chupado banca” en el mundial de
2011) a quienes , sin lugar a dudas, les
pesó la camiseta y los títulos que hay enmarcados en ella.
El
segundo, quiso imponer su ley ante situaciones adversas, no siguió consejos,
hizo lo que se le dio la gana, ponía al que se quisiera, sacaba de la titular
al que se le antojaba, había indisciplina en el plantel, y un largo etcétera de
cosas empezaron a suceder en la interna del equipo, y se reflejaron en cada
partido en la cancha, lo malos resultados aparecieron, las discusiones salieron
a flote, y como siempre los paganos, terminamos siendo los hinchas, que veíamos
cada día con mayor desilusión cómo ese equipo del primer semestre se iba
diluyendo en le recuerdo, y tristes partícipes de verdaderos fiascos
futbolísticos, ver que muchos iban a hacer lo que querían frente al rojo aun
jugando de local, y con una nómina displicente y falta de reacción, iban
pasando las fechas de ese segundo campeonato del año . De milagro se clasificó
a los cuadrangulares, pero dos palizas de otro desconocido, un tal Alianza
Petrolera, con una derrota 1 a 4 en el mismísimo Pascual, un partido lleno de
errores, de madrazos, de falta de huevos por parte de muchos de los jugadores
(no de todos, porque como siempre, Lalinde, Schenone, el histórico y eterno
“vagón” Hurtado y Mendoza salían a salvar las papas) hicieron que los hinchas
nos quedáramos con las ganas de quedarnos con el segundo torneo, y tuvimos que
decirle adiós a la posibilidad de ascender directamente.
En
la final, otra vez se nos cruzaba en el camino Alianza Petrolera, en Envigado
se perdió 2 a 1, jugando pésimamente, y los hinchas empezábamos a darnos golpes
contra las paredes, pero confiábamos en la remontada. Llegó la final de vuelta
en Cali, el Pascual Guerrero era un verdadero caldero, y ni el aguacero espantó
la emoción y la expectativa que teníamos puesta en los 11 que esa tarde de 1 de
diciembre saltaron a la cancha, mi corazón se movía a un rito frenético,
anhelaba el ascenso, quería festejar, quería quitarse de encima una agonía,
pero…
Entre
un error arbitral enorme del señor Lamoroux, al invalidar un gol legítimo que
pudo significar el regreso, entre la confusión de un partido trabado y con un
equipo contrario que se encerró como perro de taller de mecánica a media noche,
solamente se pudo marcar un golcito, que sirvió, adivinen para qué, para
encontrarnos de nuevo con esa fiera temible a la que llamamos lanzamientos
penales, y otra vez la misma historia de las libertadores del 85, del 92, del
2001, de las finales del 99 y el primer semestre de 2008, y hasta de la
promoción 2011, los cobros volvían a jugar en nuestra contra, otra vez el
Pascual llorando, otra serie perdida, adiós segunda posibilidad de ascender.
Nos
jugábamos la última carta, otra vez la promoción, esta vez frente a Cúcuta, y
yo ya la veía con la resignación de una ilusión a punto de morir, sabíamos que
otro fracaso podría llegar, y al final de cuentas, llegó. Cúcuta nos dio una
cátedra de fútbol en San Fernando, 4 a 1 categórico para prácticamente dejarnos
otro año en la B, asegurar el pleito en la frontera y romperme una vez más el
corazón en mil pedazos, y dejarme en mitad de la habitación de mi papá llorando
como un niño inconsolable al ver que nuestro destino no iba a cambiar como yo
lo pensé.
El
azar había designado que otra vez, ente 2013, volveríamos a ver esta agonía, no
pudimos zafar de la pesadilla, fuimos incapaces de curar las heridas que nos
habían dejado el bloqueo financiero, la “Clinton”, que por suerte, desde ese
glorioso 3 de abril, ya solo es una página negra que se tiene que ir al baúl de
los recuerdos, los desaciertos de unos pocos, todo eso sigue pasando la cuenta
de cobro a una institución grande, y a una hinchada inmensa, entregada, fiel, y
sobre todo, que alienta en las buenas y las malas, yo soy uno de esos hinchas,
y a mí tampoco se me han cicatrizado semejantes hematomas al alma que me han
causado estos dos últimos años, hemos luchado, hemos llorado, hemos sentido
cada día como un peso más a esta cruz llamada primera B, pero aquí seguimos,
poniendo la otra mejilla cuando el contrario nos va a cachetear, pero con el
amor por la camiseta intacto, como aquel que se declara cuando te vas a casar,
ese amor para toda la vida sigue vivo, sin importar resultados, sin importar
descensos o promociones, pero eso sí, solo pedimos una cosa, muy sencilla por
cierto, devuelvan al rojo a su hábitat natural, a donde debe estar, a donde se
obtuvieron con sudor y huevos estos 13 títulos que cuelgan en la parte de
arriba del escudo del diablo, devuelvan al rojo a donde debe estar, a donde los
hinchas lo queremos ver, por favor, ESTE AÑO, TENEMOS QUE VOLVER A DONDE NUNCA
NOS DEBIMOS IR, A LA A.